Prólogo a “Cuerpo ausente”, antología de la poesía de Pep Rosanes-Creus

De la obra poética de Pep Rosanes-Creus, a pesar de haber tenido una difusión pública notable, no se puede decir que sea, como conjunto, conocida. Lejos de los centros de poder que diseñan las estrategias culturales, la producción de este poeta ha permanecido menudo inédita hasta la aparición de alguna oportunidad de difusión, por lo que las fechas de publicación de los libros casi siempre se encuentran muy distanciadas de las de la elaboración de los poemas que los componen. Esta antología ofrece una aproximación global y coherente -cronològicament ordenada- al corpus poético rosanesiano, sin pretender, sin embargo, dar por resuelta la cuestión de su periodización, ya que aún no se ha culminado la tarea de publicación de toda la producción poética del autor.
Se trata, pues, de un trabajo “de urgencia”, que no pretende ofrecer una visión completa de la poética de Rosanes-Cruces, sino que propone, desde una visión panorámica, múltiples vías para adentrarse en ella. Teniendo en cuenta, eso sí, que, como afirma Jesús Aumatell al final de su prólogo, el autor “ha construido un mundo propio, de una gran potencia simbólica. Pero su originalidad es el producto del uso singular que hace de un sustrato simbólico tradicional que, mezclado con una argamasa discursiva de tono realista, da forma desde imágenes poéticas hasta relatos simbólicos muy particulares, porque, en última instancia, se fundamentan en la experiencia personal. Por eso el conjunto de su obra, como ocurre con la los grandes poetas que conocemos, forma un todo inseparable con su vida. “

Imagen de la portada:  Trauernder alter Mann (“Hombre viejo de luto”; 1890, oleo sobre tela, 81 x 65 cm), de Vincent Van Gogh. Procedencia de la imagen: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Van_Gogh_-_Trauernder_alter_Mann.jpeg [wikimedia commons: reproducción una fotografía de una obra pictórica en dominio público]

por Jesús Aumatell [i]

Pep Rosanes-Creus nació en pleno franquismo –corria el año 1957– en Osona, concretamente en Manlleu, pero su familia se trasladó poco después al pueblo vecino de Roda de Ter, donde vivió la infancia y la adolescencia. Allí, a los quince años, fue alumno de las clases de catalán que Miquel Martí i Pol impartía en su casa a los vecinos del pueblo (téngase en cuenta que, en aquellos años, el catalán estaba prohibido en la escuela oficial del régimen franquista, donde toda la enseñanza se daba exclusivamente en lengua española). Martí i Pol, que ya había alcanzado un prestigio como poeta que rebasaba el ámbito comarcal, era un referente para el joven Rosanes-Creus, quien le mostró sus primeras composiciones, estableciéndose así una relación de maestría del poeta maduro hacia el joven aprendiz. Este, con el tiempo, en un proceso de autoafirmación que queda reflejado en el poema “A Miquel Martí i Pol”, fechado entre 1973 y 1975 (recogido en esta antología), pronto se alejaría de su primer maestro para seguir otros modelos. Dos circunstancias acentuaron este distanciamiento: la primera, el traslado del joven poeta a Barcelona para cursar estudios universitarios; la segunda, el hecho de que se le diagnosticase (en 1980) esclerosis múltiple, la misma enfermedad que, pocos años antes, había ocasionado a Martí i Pol una severa merma de sus facultades físicas, condenándolo en un breve período de tiempo a una silla de ruedas. A Pep Rosanes-Creus, que acababa de cumplir 23 años, le resultaba muy doloroso verse reflejado en aquel que había sido su mentor, por quien siempre sintió un cordial afecto.

Pero volvamos a los años del final del franquismo en Osona, donde el sustrato poético verdagueriano, piedra angular de la modernización del lenguaje literario catalán, permanecía especialmente vigente, sobre todo por la acción pedagógica del estamento eclesiástico. La dictadura militar, muy estricta con la sociedad civil, toleró, en cambio, que la iglesia catalana conservarse y cultivase la propia cultura en aquellos ámbitos que estaban bajo su control, como era el caso del seminario de Vic. En este centro, a principios de los años 50, surgió un grupo de poetas, entre ellos algunos de gran talla, como Segimon Serrallonga (Torelló, 1930  – Badalona, 2002), Josep Grau i Jofre (Manlleu, 1927-2005), Antoni Pous (Manlleu, 1932 – Barcelona, 1976) o Josep Junyent (Vic, 1930-1993). Estos poetas, algunos de los cuales (Serrallonga, Junyent) fueron sacerdotes hasta su muerte, y aunque publicasen muy poco en vida, revitalizaron y actualizaron la herencia poética (postsimbolista) de Carles Riba, a la vez que se comprometían activamente, desde posiciones políticas de izquierdas, con la lucha antifranquista, por los derechos y libertades sociales y por la recuperación de la identidad y la cultura catalanas. Vinculados a la docencia, promovieron actividades, como la publicación artesanal por parte de sus alumnos de revistas ciclostiladas o fotocopiadas en las escuelas donde daban clases, que fueron modelo a seguir. Así, en los años 70, en las principales localidades de Osona, proliferaron los ejemplos de publicaciones autorrealizadas por pequeños grupos de jóvenes letraheridos.

Pep Rosanes-Creus, que no fue alumno directo de ninguno de los poetas del “grupo del seminario”, sí que fue un asiduo seguidor y practicante de estos modelos de autoedición: el año 1975, en el instituto de Vic, realizó con un compañero, Jordi Bardolet, una revista sin título (un pliego grapado de fotocopias de poemas, al que se referían con el nombre de “Poemes de l’Institut de Vic” – “Poemas del Instituto de Vic”); a continuación, con el mismo Bardolet y con Pere Güell, Josep Manel Ferrer Moreno, Joan Rubinat y Ramon Pujol publicaron la revista Silenci (“Silencio”, 1976); en 1977, siendo ya alumno del primer curso universitario en Barcelona, con Pere Güell y Josep Manel Ferrer Moreno “Papi” produjeron La meva dona dorm amb el gat de l’avi (“Mi mujer duerme con el gato del abuelo”); con Josep Casadesús “K100” publicó Papers amorals (“Papeles amorales”, 1979) y Nit de bruixes (Noche de brujas, 1980).

Eran los años del final del franquismo y el inicio de la transición, y estas revistas, surgidas espontáneamente en el seno de la sociedad catalana para expresar la sed de cambio y, al mismo tiempo, afirmar su identidad cultural, reflejaban en sus textos una evolución que partía de la militancia política antifranquista para culminar en la elaboración progresivamente más compleja y autónoma de poéticas personales. Entre los últimos años 70 y los primeros 80, cuando entre los que las hacían se generalizó el sentimiento de que se había consolidado la democracia, estas publicaciones perdieron su sentido de ser y, o bien desaparecieron, o bien adoptaron presentaciones más convencionales, intentando consolidarse en un espacio cultural diferente (porque había evolucionado) de aquel que los vio surgir.

Hubo que esperar a principios de los años 90 para ver las próximas publicaciones de Rosanes-Creus, ya en formato de libro…, aunque también gestionadas por los mismos autores: El club dels 7 (Poetes Morts) de Roda de Ter (“El club de los 7 (Poetas Muertos) de Roda de Ter” –1991–, libro colectivo) y On la nit era negra (“Donde la noche era negra” –1993–, con Pere Güell). Pero muy pronto publicó dos obras en dos de las principales editoriales catalanas: en Edicions 62 La venjança de l’eunuc (“La venganza del eunuco”, 1993) y en Quaderns Crema El gos i l’ombra de l’alzina (“El perro y la sombra de la encina”, 1995). Pero a pesar de la buena recepción de estos títulos por parte de la crítica y el público, fueron editoriales menos convencionales las que continuaron la publicación de la obra de Rosanes-Creus, primero con dos “plaquettes” aparecidas el mismo año 1998: Vuit poemes (“Ocho poemas”) a cargo de Cafè Central, y Set (“Sed”), que fue la primera publicación de emboscall. Esta editorial, en sus inicios, tuvo en Rosanes-Creus uno de los pilares sobre los que pudo consolidar su presencia y continuidad, puesto que allí aparecieron No he fet res (“No he hecho nada”) en 1998 y El cos del temps (“El cuerpo del tiempo”) en el año siguiente, el 1999, el mismo en que ganó el premio “Carles Riba”, el galardón más prestigioso de los que se da en Cataluña a una obra poética inédita. La obra fue publicada por la editorial Proa en 2000 con el título de Voltor (“Buitre”), también con buena acogida por parte del público y la crítica.

Recibir este galardón supuso un éxito indiscutible, pero a pesar de todo no comportó la consolidación (entendida como regularidad/normalidad en la publicación de sus nuevas obras, paralela a la inclusión de su nombre dentro del paradigma literario “oficial”) de Pep Rosanes-Creus en el marco de las letras catalanas. Probablemente contribuyeron a dificultarlo las circunstancias personales del poeta en este periodo: por un lado, la progresión de la enfermedad limitaba cada vez más su autonomía para desplazarse, y, por otro, problemas de relación insalvables comportaron la separación de la mujer que había sido su pareja desde mediados de la década de los noventa, con quien había tenido sus dos hijos. La decadencia física, sumada al derrumbe del estado matrimonial, con la consecuente pérdida de la unidad familiar, condicionaron aún más la actividad social del poeta, aunque de esta situación nació el libro de poesía Zero (“Cero”). La obra, impresionante por la potencia simbólica de su fondo, que se presenta envuelto en un primer nivel de discurso aparentemente realista, permaneció inédita 18 años, hasta que recientemente (en abril de 2020) ha sido publicada por JAeditor. En este contexto, la muerte –víctima de un cáncer fulminante–, en 2003, de Rosa Solé, quien había sido la pareja de Rosanes-Creus en la época universitaria, le produjo una gran desazón, que dio lugar a la escritura de los poemas que conforman La Rosa pòstuma (“Rosa póstuma”), publicado en 2004 por emboscall, en paralelo a La Rosa de joves (“Rosa de jóvenes”), volumen que recogía obra juvenil relacionada con la amiga muerta.

Hubo que esperar a 2008 para que llegara al público una nueva obra suya, L’illa del tresor (“La isla del tesoro”), galardonada con el premio “López-Picó”, de Vallirana, que conllevaba la publicación del libro, a cargo de la editorial Viena. Pero la progresión de la enfermedad, que cada vez le hacía más difícil leer y escribir, forzó a Rosanes-Creus a abandonar definitivamente, en 2010, la creación literaria.

Entonces se inició un nuevo periodo de silencio editorial, que rompieron, casi simultáneamente, emboscall con la publicación de Cants inespirituals (“Cantos inespirituales”, 2014; recopilación en un volumen de la obra hasta entonces publicada del autor) y Tapís con la de Hi havia una vegada (“Había una vez”, 2015), un libro inédito de poesía de la última etapa del autor, del que incluimos un puñado de poemas en este volumen.

La esclerosis múltiple, pues, condicionó muy pronto la vida y la obra del poeta; pero su poesía juvenil maduró muy deprisa, como pone de manifiesto la pequeña muestra de ella que hemos incluido en la primera sección de esta antología, bajo el epígrafe “Obra previa”, que es el subtítulo del volumen, Trempar la veu (“Templar la voz”, publicado por emboscall en 2017), que recoge toda su producción de juventud. Así pues, ya antes de que en 1980 el autor recibiera el diagnóstico de la enfermedad, su poesía presenta características que serán constantes y distintivas de toda su producción. Me refiero sobre todo a la elaboración de metáforas, símbolos y mitos que describen sucesivas transformaciones personales. Parece, pues, esta obra la descripción de una lenta e interminable crisis, un cambio constante que si bien en un principio alberga alguna esperanza, pierde (coincidiendo con el diagnóstico de la esclerosis múltiple) la ilusión por el futuro, y la existencia se muestra como degradación irremisible y despiadada, a pesar de las gratificaciones que de alguna manera inesperada pueden obtenerse.

He estructurado esta antología en función la cristalización de estos elementos metafóricos, simbólicos y míticos, los cuales pueden desaparecer o no en la transición al siguiente estadio y su consolidación. Así, el “grifo”, que no es mucho más que una alusión a un período anterior en la poética del autor, que no vio la luz pública hasta la aparición de Trempar la veu, no vuelve a manifestarse después de ser mencionado, mientras que el símbolo del “perro” (que ya encontramos en poemas de los años 70) será recurrente, aunque adaptado a contextos cambiantes. Muchos otros elementos relevantes del imaginario del autor, como la “isla del tesoro”, el “sol” o la “sombra” pueden rastrearse a lo largo de toda su producción.

El siguiente bloque se inicia con una muestra de los primeros poemas maduros del autor, los cuales, escritos poco antes del diagnóstico de la esclerosis múltiple, revelan una cierta confianza en el futuro, ya que la intención es superar un estadio fantasioso y solitario (asociado a “los grifos”) por otro de apertura al prójimo en un contexto más realista (asociado a las “habaneras”):

En noches como esta siempre los grifos mueren. 
[…]
La añoranza se convierte en la caricatura
del deseo mientras alguien toca el piano
y los ojos tristes no hallan ningún refugio.
[…]
El intáctil rumor de viento en los cabellos
remueve velámenes de etéreo pensamiento.
Son arrieros de quimeras los dedos.

Se añora alcanzar lo exterior, donde se encuentra “alguien”, el otro a quien solo se percibe por el sonido de un piano; encerrado en el propio pensamiento, el único alivio posible es el que puede proporcionarse uno mismo. Sin embargo, al otro se llega a través de un relato ficticio, “la habanera”:

Sentémonos ante el fuego, te contaré
la historia del rey que no reinó
porque nunca encontró su país
o la de un viejo pirata que enloqueció
cuando el mapa de la isla del tesoro
le fue robado por el viento.
[…]
Los duendes
surgirán de las llamas, se sentarán
en tu falda y se subirán,
silentes, por tus cabellos, velándote el sueño.
No pienses que fui yo quien te ha besado.
Te ha besado el corazón un mago barbiblanco.

Algo impide comprometerse con el otro, quien da acceso a la realidad (véase el poema “No el amor”), y eso, al desaparecer el tema de la “habanera” (símbolo que, después de comunicar con la alteridad, fracasa por ser poco menos fantasioso que el “grifo”), hace emerger al “solitario” (véanse poemas como “Doc, “H.B.” o “Western crepuscular”), quien personifica la entronización del “carpe diem”, lanzarse a vivir el momento intensamente y sin compromiso, sin echar raíces en ninguna parte.

“Las chicas del Diógenes” [“Diógenes” fue el nombre de un bar fundado y regentado por un grupo de amigos, entre los cuales Pep Rosanes-Creus, que funcionó durante unos años, a finales de los 70, en Roda de Ter] es un poema muy significativo por lo que tiene de recapitulación, y marca un punto de inflexión en la poética del autor, con unos versos finales que exponen una conclusión contundente:

[...] ¿Preveíamos
largo y confuso el viaje? No lo sé.
Tanta memoria, tantos cansadísimos
días no nos traen aquí: nos trae
haberlo entendido pronto, que tendríamos,
después de todo, solo el instante del recuerdo,
como quien se inclina y recoge la moneda
vieja del suelo, enterrada en el polvo.

Ya no se trata de vivir el momento, puesto que de este solo quedará un recuerdo poco valioso. La vida exige algo más. Tal vez la conciencia, el compromiso. Pero ¿cómo comprometerte o concienciarte si ya te han dictado sentencia? A partir de ahora las cosas no serán más que el reflejo de lo que podrían haber sido, algo virtual más que real, puesto que lo real ya no es accesible. Esta situación se manifestará a través del “eunuco”:

Eunuco
Y yo no soy ni uno solo.
Mi venganza es mirarme,
verme este mutilado cuerpo
y saber siempre, como un cáncer,
que el ausente y vulnerado trozo
solo sabrá los abrazos
de la piedad o del duelo.
Como una perra abandonada,
ladrando el erecto rencor solo.

La poesía es ese alarido, el lamento por todo lo que se perdió incluso antes de haberlo tenido, porque en este caso lo perdido es, sobre todo, lo potencial, el porvenir que ha sido escamoteado por un diagnóstico médico.

Siguiendo una estrategia similar de elaboración simbólica y mítica a la presentada hasta aquí, Pep Rosanes-Creus nos muestra en su obra un frontal rechazo al destino marcado, en una dolorosa lucha que sabe de antemano perdida. En la degradación que sufre será sucesivament perro y gusano: viviente pero más y más deshumanizado.

Esta antología quiere contribuir a divulgar la obra de un autor que ha construido un mundo propio, de una gran potencia simbólica. Pero su originalidad es el producto del uso singular que hace de un sustrato simbólico tradicional que, mezclado con una argamasa discursiva de tono realista, da forma desde imágenes poéticas hasta relatos simbólicos muy particulares, porque, en última instancia, se fundamentan en la experiencia personal. Por eso el conjunto de su obra, como ocurre con la los grandes poetas que conocemos, forma un todo inseparable con su vida.

En la primera edición de Cuerpo ausente quise trasladar al español algo de “la música” del verso de Rosanes-Creus, poeta que, sin ser un formalista, se caracteriza por un verso tallado en pulcros metros clásicos. Esa intención me llevó entonces, como yo mismo advertía al lector, a sacrificar ocasionalmente “la literalidad para que, en lo posible, en español reverbere la música del original catalán”. En esta segunda edición, sin embargo, teniendo en cuenta que se presentan por separado el original catalán y la versión al español –y el lector no podrá, pues, contrastarlas frontalmente–, he preferido ceñirme por completo al sentido del original.

Jesús Aumatell

julio de 2015 – febrero-abril de 2020


[i] Pep Rosanes-Creus, Cuerpo ausente. Antología poética – Selección y traducción de Jesús Aumatell – Barcelona: JAeditor, mayo de 2020 (2ª ed.)

Aquí podéis comprar el libro en formato digital (y pròximamente como volumen impreso):

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